Tanto en Argentina como en otros países, la libertad de prensa se ve acechada y amenazada por los gobernantes populistas. Estos la perciben como un enemigo porque no les conviene que los periodistas honestos e independientes —aquellos que investigan a cualquier gobierno más allá de la bandera partidaria que representen— expongan su corrupción.
Los populistas no entienden ni entenderán jamás cuál es el rol esencial del periodismo: vigilar al poder, denunciar sus abusos y servir a los ciudadanos. No está en su ADN aceptar ni respetar la libertad de prensa, que es fundamental para el fortalecimiento de las instituciones republicanas.
No es casualidad que esta clase de gobernantes busque confundir a la sociedad presentando los casos de corrupción como simples operaciones de prensa, atribuyéndolos a un deseo imaginario de quienes los denuncian. Esta estrategia tiene un vínculo directo con su necesidad de instalar en la sociedad el odio hacia la prensa independiente que los critica cuando la situación lo amerita.
La violencia —tanto verbal como física— hacia los periodistas que defienden a capa y espada la libertad de prensa encuentra su explicación en el carácter autoritario de los regímenes populistas, manifestado en una atribución que no les corresponde: la de erigirse en jueces o fiscales que deciden quién es periodista y quién no.
Con un grado de soberbia y perversión repugnante, pretenden enjuiciar a quienes, según ellos, mienten en defensa de una posición ideológica opuesta a la suya. Curiosamente, solo lo proclaman. Jamás presentan prueba alguna que respalde sus acusaciones. De este modo, buscan generar un clima de crispación social para ganar adeptos carentes de pensamiento crítico: una virtud que hoy parece escasear en demasiadas personas.
A los gobernantes populistas no les importa que se conozca la verdad sobre el manejo de las cuentas públicas. Lo único que les importa es que las masas crean en su discurso, independientemente de si es verdadero o falso. Esta actitud también está directamente vinculada con su intención maliciosa de domesticar a la prensa independiente del poder de turno.
No debería sorprender, entonces, que para los funcionarios públicos incapaces de justificar el enriquecimiento desmedido de su patrimonio —como es el caso de Manuel Adorni, Jefe de Gabinete del presidente Javier Milei— la libertad de prensa sea el moscardón cuyo zumbido les susurra al oído aquello que no quieren escuchar.
Sin embargo, afortunadamente, la libertad de prensa parece tener siempre un anticuerpo que garantiza su supervivencia frente al autoritarismo populista. Una fuerza de naturaleza lógica e indestructible que señala dónde reside la verdad y quiénes son los que la comunican. Como dijo alguna vez el emblemático periodista Jorge Lanata: “La verdad se termina imponiendo”.
Los gobenantes populistas podrán intentar desacreditar a los periodistas honestos e independientes que denuncian sus abusos de poder. Pero jamás podrán destruir una fuerza que está en el aire: una suerte de atmósfera que permite que los hechos hablen por sí solos. Porque los hechos existen con independencia de quien los cuenta. No tienen ideología. Son incontrastables. Esa es la verdad que la libertad de prensa siempre iluminará, como un foco de luz que ningún gobernante populista podrá apagar.
Luciano Ingaramo
