Un cineasta forjado en dos continentes
Aristarain llegó al cine de manera autodidacta y apasionada. De adolescente dejó la escuela, trabajó como vendedor ambulante y tomó clases de trompeta, pero fue la lectura y las salas de barrio las que lo condujeron al mundo del que ya no se apartaría. Su primer contacto con el cine argentino fue como extra en el rodaje de Dar la cara (1961), de José Martínez Suárez. Desde allí fue asistente de dirección de varios realizadores locales hasta que un viaje a España lo puso en contacto con el spaghetti western rodado en Almería y con directores como Sergio Leone. Esa experiencia en el género marcaría su estética para siempre.
El regreso y los primeros grandes títulos
De vuelta en la Argentina en 1974, trabajó como asistente de dirección hasta que en 1978 debutó como realizador con La parte del león. Aunque el film no convocó multitudes ni cosechó premios, la crítica reconoció de inmediato su habilidad para construir tensión y ritmo al modo del cine de género clásico norteamericano. La película incluía un agradecimiento explícito a directores como Alfred Hitchcock, John Ford, Fritz Lang y Howard Hawks: toda una declaración de principios.
A comienzos de los años 80, con la dictadura aún en el poder, llegaron sus dos obras más audaces: Tiempo de revancha y Últimas días de la víctima. Ambas mezclaban el policial con la denuncia política, usando alegorías que lograron evadir la censura. La primera ganó el primer premio del Festival de La Habana y el Gran Premio de las Américas en Montreal. La segunda triunfó en el Festival de Huelva. Federico Luppi, protagonista de ambas, se convertiría desde entonces en su actor de cabecera: trabajó con Aristarain en siete de sus películas.
La consagración internacional
La obra cumbre llegó con Un lugar en el mundo (1992). La película ganó el premio Goya, fue celebrada en los festivales de San Sebastián, Nantes, Friburgo y Gramado, y obtuvo una nominación al Oscar como Mejor Película Extranjera, aunque la Academia de Hollywood luego la retiró de la competencia por una discusión sobre la representación nacional bajo la que había sido presentada. El film rozó el máximo reconocimiento de la industria, pero conquistó algo más duradero: el afecto masivo del público en Argentina y España.
El tramo final de su obra
La última etapa de su cine estuvo marcada por la nostalgia, la ética y la resistencia a un presente percibido como decadente. Esos temas atraviesan Martin (Hache), Lugares comunes y Roma, su última película, estrenada hace 22 años. Desde entonces se alejó de las cámaras y progresivamente de la vida pública, aunque reapareció ocasionalmente: en la retrospectiva del Bafici en 2013, en la presentación de su libro de guiones en 2022 y, por última vez, en septiembre de 2024, cuando recibió la Medalla de Oro de la Academia española en Buenos Aires.
Sus últimas palabras públicas resumían su convicción sobre el cine como refugio frente al sinsentido y su preocupación por el presente: defendía al cine como defensa del país, y confiaba en que la cultura siempre resurge.
Dejó guiones sin filmar, una extensa colaboración artística y vital con su coguionista y compañera Kathy Saavedra, y una obra que, con solo once películas, alcanzó un sitial en la historia del cine argentino difícil de igualar.
