El 18 de enero de 2015, hace once años, el fiscal Alberto Nisman fue hallado muerto en el baño de su departamento del piso 13 correspondiente a la torre Boulevard del complejo Le Parc, ubicada en Puerto Madero.
Durante más de una década, medios de comunicación y sectores políticos debatieron si su muerte fue un suicidio o un homicidio. Debates contaminados por intereses partidarios crearon una división estéril que eclipsó lo verdaderamente importante: esclarecer qué ocurrió con la vida de un fiscal que, cuatro días antes de morir, había denunciado a la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, por haber pactado con Irán el encubrimiento de los responsables del atentado a la AMIA.
La búsqueda de la verdad quedó eclipsada por la polarización. Ya no importaban los hechos ni la evidencia forense, sino imponer una conclusión sobre el caso.
Ante pericias diametralmente opuestas, la sospecha de manipulación estaba justificada. Era inevitable que el debate se contaminara de sesgos partidarios, con cada bando defendiendo a capa y espada su versión.
“Está claro que se suicidó, no tengo dudas”, dijeron unos. “Está claro que lo mataron, no tengo dudas”, dijeron los otros. Ambas expresiones parecían más juicios de valor que conclusiones certeras.
Al margen de esta grieta que no conduce a ninguna parte, es necesario abordar el caso desde la racionalidad: lo ocurrido con Nisman aquel fin de semana de enero de 2015 es un ejercicio de lógica y sentido común basado en la verificación de datos. Cualquier otro camino lleva a la incoherencia.
La prueba forense
Analicemos los hechos verificables. La pregunta principal: ¿Nisman se suicidó o lo mataron? De las cuatro pericias realizadas, tres indican un homicidio.
La primera, hecha por los peritos de parte del técnico informático Diego Lagomarsino, quien presuntamente le entregó al fiscal el arma que acabó con su vida, afirmó categóricamente que fue un suicidio.
La segunda, hecha por los peritos de parte de su familia, concluyó que fue un magnicidio.
Dos años después de aquel trágico hecho que conmocionó al país, un peritaje realizado por 28 peritos de Gendarmería Nacional de distintas especialidades, desde expertos en balística hasta psicólogos, ratificó la conclusión de la pericia familiar: fue un asesinato.
Entre esas pericias, se destaca la del prestigioso patólogo forense estadounidense Cyril Wecht. Un profesional con más de 20 años de experiencia que analizó casos como la muerte de John F. Kennedy, Robert Kennedy, Martin Luther King, Sharon Tate y John Lennon. Al ser extranjero, su conclusión corría con la ventaja de una mayor independencia.
“La evidencia científica es muy fuerte contra la posibilidad de un suicidio”, declaró Wecht durante julio de 2015 en una entrevista concedida al programa Periodismo para todos, conducido por el periodista Jorge Lanata.
De todos los datos comprobados científicamente que este experto mencionó en esa entrevista, hay cuatro que son particularmente llamativos:
1. La alfombra del baño no tenía ni arrugas ni dobleces, estaba completamente estirada. Debería haber tenido alguna arruga si Nisman hubiera tambaleado hacia atrás luego de haberse autoinfligido una herida y caído sobre el piso.
2. El disparo no tuvo un contacto firme con la piel, algo que usualmente se ve cuando una persona se suicida, presionando la boca del revólver contra el cráneo, o al menos un contacto muy cerca de la piel. El revólver estaba a un centímetro de distancia.
3. El ángulo del disparo fue de derecha a izquierda, ligeramente hacia arriba (aproximadamente 10 grados) y hacia adelante (también alrededor de 10 grados).
4. En la mano derecha de Nisman, sólo había rastros de sangre en el pulgar, índice y medio. No había sangre en el anular ni en el meñique. Aunque esto podría ocurrir en un suicidio, lo habitual es encontrar mucha más sangre en el dorso y la palma de la mano, así como salpicaduras por la explosión que se produce al romperse el vacío dentro del cráneo y crearse un espacio que expulsa sangre de forma súbita.
Primer enigma: el rol de Diego Lagomarsino
Diego Lagomarsino, quien fue procesado por la Justicia como partícipe necesario del crimen, está sospechado de haber sido un agente inorgánico de un servicio de inteligencia (la Secretaría de Inteligencia del Estado o el Servicio de Inteligencia del Ejército), que espiaba a Nisman con el objetivo de filtrar información sobre su investigación del pacto del gobierno de Cristina Kirchner con Irán.
Supuestamente, él fue la última persona que lo vio con vida en la tarde del sábado 17 de enero de 2015. Por lo menos, eso es lo que registraron las cámaras de seguridad de la torre del complejo Le Parc. Las únicas que funcionaban, vale la aclaración.
José Gustavo Alaniz, quien en aquel entonces fue el supervisor del sistema de las cámaras de seguridad del edificio, confirmó que muchas de las cámaras no funcionaban.
Hasta el día de hoy, Lagomarsino insiste con un argumento inconsistente sobre el motivo por el que Nisman le había pedido un arma: cuidar a sus hijas. Lo cierto es que en ese momento, ellas se encontraban de vacaciones en Europa junto a su madre, la jueza federal Sandra Arroyo Salgado. No tenía ningún sentido que pidiera un arma para eso. El tipo de vínculo que él tenía con el abogado penalista sigue sin esclarecerse.
Otro hecho a tener en cuenta sobre Lagomarsino es su insistencia, sin dar ningún argumento sólido, en que Nisman se suicidó con un arma que él le prestó. Sin embargo, no hay ninguna evidencia que demuestre que el arma que mató al fiscal (una pistola modelo Bersa Thunder calibre 22, que suele ser utilizada por espías y tenía balas de punta hueca marca Federal Classic), se la haya entregado él mismo.
Sumado a esto, cabe recordar que en la conferencia de prensa que había dado el 28 de enero de 2015 junto a su abogado, el Dr. Maximiliano Rusconi, admitió que había tocado el arma. Sin embargo, cuando la pistola fue hallada en el baño del fiscal en la madrugada del lunes 19 de enero de 2015, no tenía huellas de nadie. La consistencia de su testimonio brilla por su ausencia.
Lagomarsino es, por ahora, la única pieza disponible para resolver el oscuro entramado detrás del homicidio de Nisman. ¿Confesará algún día cuál fue su función en ese escenario, o seguirá ocultando la verdad hasta el último día de su vida? Nadie lo sabe.
Segundo enigma: el rol del espía Antonio Horacio Stiuso
Una de las figuras más enigmáticas del caso Nisman es Antonio Horacio Stiuso, alias Jaime, el legendario espía argentino que durante décadas dirigió operaciones de inteligencia en la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE). Stiuso había trabajado estrechamente con Nisman en la investigación del atentado a la AMIA y le proporcionó información clave proveniente de escuchas telefónicas de inteligencia sobre la conexión iraní.
La relación entre ambos era compleja: Stiuso fue el enlace fundamental entre los servicios de inteligencia y la investigación judicial. Sin embargo, semanas antes de la muerte de Nisman, fue desplazado de la SIDE por el gobierno de Cristina Kirchner y desapareció del país.
Su silencio y desaparición agregan un elemento de misterio crucial: ¿qué información tenía Stiuso que no compartió? ¿Qué papel jugó en los acontecimientos previos a la muerte del fiscal? El espía que conocía todos los secretos del caso se esfumó justo cuando más se lo necesitaba para esclarecer los hechos.
Tercer enigma: el autor intelectual y material
Hasta ahora, lamentablemente la Justicia no logró responder otro interrogante crucial sobre el trágico deceso del fiscal: quién lo ordenó y quién lo ejecutó.
No obstante, según fuentes con acceso al expediente judicial, la hipótesis más sólida indica que el asesinato se trató de una guerra interna de los servicios de inteligencia. De hecho, tres fuentes independientes coinciden en un dato clave: la zona del edificio fue liberada mediante un operativo de logística hecho por un servicio de inteligencia paralelo comandado por César Milani, el entonces Jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército. Probablemente, el fiscal a cargo de la investigación sobre el atentado a la AMIA, era un blanco de los servicios de inteligencia locales.
Un dato particularmente revelador refuerza esta hipótesis: el domingo 18 de enero de 2015, desde las 9:23 de la mañana hasta las 11:17 de la noche —mucho antes de que se conociera públicamente la muerte de Nisman—, se registró una “explosión” de al menos 60 comunicaciones telefónicas entre directores de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), funcionarios del Poder Ejecutivo y ex agentes de inteligencia. Los investigadores determinaron que esta intensidad de llamados cruzados fue algo sin precedentes. Entre los nombres que aparecen en ese entrecruzamiento figuran el propio César Milani, Fernando Pocino, Juan Martín Mena, Alberto Massino y Antonio Stiuso. La Justicia aún busca que estos agentes expliquen qué fue lo que conversaron durante esas horas cruciales.
La muerte de Alberto Nisman es un crimen cuyo autor intelectual y material sigue sin poder identificarse. Un homicidio de guantes blancos hecho con profesionalismo para simular un suicidio. La tarea de investigación que la Justicia tiene por delante es compleja, pero la búsqueda de la verdad y la justicia permanece viva en la memoria de quienes no olvidan su denuncia sobre un terrible hecho de corrupción.
Luciano Ingaramo
