La quinta y última película de Indiana Jones, titulada “Indiana Jones y el dial del destino”, marca el cierre de una saga emblemática con un tono más reflexivo que sus predecesoras. La aventura mantiene el entretenimiento característico de la franquicia, pero James Mangold (director de “Logan”) reemplaza a Steven Spielberg detrás de cámaras, aportando una mirada más melancólica sobre el envejecimiento y el legado.
Entre el pasado y el presente
La película empieza con una secuencia retrospectiva ambientada en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial. El rejuvenecimiento facial de Harrison Ford mediante tecnología CGI está notablemente bien logrado, permitiendo que el actor de 80 años interprete convincentemente a su versión joven. Esta apertura en territorio nazi sirve para presentar tanto al villano principal como al MacGuffin de la historia: el mecanismo de Anticitera, un artefacto diseñado por Arquímedes en el siglo III antes de Cristo.
El salto temporal nos lleva a Nueva York en 1969, donde encontramos a un Indiana Jones jubilado que dicta clases en el Hunter College. La aparición de Helena (Phoebe Waller-Bridge), su ahijada a quien no veía desde hace casi dos décadas, lo empuja hacia una última aventura que lo llevará a recorrer varios continentes en busca de la segunda mitad del dial. Esta vez, sin embargo, la motivación no es solo arqueológica: es también un ajuste de cuentas con el pasado.
Actuaciones entre la nostalgia y lo nuevo
A sus 80 años, Ford entrega una interpretación que abraza la edad de su personaje en lugar de negarla. Su Indiana Jones es un hombre cansado, marcado por las pérdidas, pero que aún conserva esa chispa de terquedad que lo define. Phoebe Waller-Bridge aporta energía fresca como Helena, construyendo una relación basada en competencia intelectual y ego compartido.
Mads Mikkelsen crea un villano amenazante sin excesos, mientras que los regresos de John Rhys-Davies como Sallah y Antonio Banderas como Renaldo funcionan como guiños nostálgicos bien dosificados.
Mangold toma la posta de Spielberg
James Mangold imprime un tono más sobrio, privilegiando la introspección sobre el espectáculo puro. La fotografía de Phedon Papamichael utiliza una paleta más contenida que contrasta con el colorido vibrante de las películas clásicas, reforzando la idea de un héroe en el ocaso de su vida.
John Williams compone su última banda sonora para la saga, recuperando temas icónicos pero incorporando matices más melancólicos. Los efectos visuales del rejuvenecimiento facial de Ford representan un logro técnico notable que permite que la secuencia de 1944 funcione sin distracciones evidentes.
Un cierre digno para un ícono
“Indiana Jones y el dial del destino” no alcanza las alturas de las dos primeras entregas de la saga, pero logra algo más difícil: ofrecer una despedida emotiva y respetuosa para uno de los personajes más queridos del cine de aventuras. Mangold entiende que esta no es una película sobre tesoros perdidos, sino sobre un hombre que debe reconciliarse con su propia mortalidad. El final dejará al espectador emocionado al comprobar que el Dr. Jones llega en buena forma al ocaso de su vida: un sabio arqueólogo que supo cuándo era momento de colgar el sombrero.
Es una muy buena película que funciona como despedida satisfactoria de la saga. Para los fanáticos del personaje, es una experiencia imprescindible que honra el legado de cinco décadas de aventuras.
Luciano Ingaramo
